domingo, 15 de febrero de 2015

La Búsqueda de Nike

Gregorio se prepara como siempre, con rigurosidad de ritual su ingreso a los dominios de Morfeo, cierra todo; se baña y entra a su alcoba solo con su bata blanca de baño, la cual se quita, y queda completamente desnudo como lo había hecho interminables veces antes. Pero esta vez sintió algo extraño. Algo que nunca antes había sentido.

Un adormecimiento que comenzó en nuca y que bajaba  poco a poco, reptando a la velocidad de una serpiente herida, por la espina dorsal, y tan intenso fue que lo hizo trastabillar; cayendo sobre sus rodillas y su mano derecha, mientras con la izquierda se tocaba la nuca. Al estar desnudo parecía una estatua griega de mármol en una pose trágica.

El mareo hizo cerrar sus ojos, ante lo cual se vio recordando su niñez.  Ese dolor le era familiar: lo sintió en la muerte de su madre y padre en aquel fatal accidente de alpinismo, y en su adolescencia, con la muerte de su último familiar conocido, su abuelo, el gran marinero, que le contaba fascinantes historias de sus viajes. Cuando joven murieron sus compañeros en aquel fatal accidente y por último, el abandono por parte de su novia, justo cuando comenzó a entregarse a las extrañas costumbres que hoy es parte de su rutina, y concluyó que era el dolor de la soledad.

Tal vez sugestionado, porque hacía poco había corrido a gritos al con Héctor y le dijo que era la última vez que lo quería ver; y por su actitud, su más leal, aparte de único amigo tenía toda la intención de cumplir la orden. De repente, todos esos recuerdos se mezclaron en una sola visión irreconocible, y con un temor de incertidumbre. Gregorio se decidió a abrir sus ojos; tuvo una sensación de que ese no era el lugar donde había cerrado los ojos.

Rápidamente recogió su bata de baño blanco y se dirigió a su estudio, un gran salón con una extensa biblioteca de pared a pared y los más finos muebles de madera; con un escritorio con minibar y atrás de este un gran ventanal de diseño en rosas de lis. En la parte de arriba un retrato de su abuelo viendo ampliamente la biblioteca que fue siempre su más grande orgullo.

Saco una gran botella de brandy y sin pausa pero con la mayor parsimonia fue bebiendo el licor y decía:

 – Por Héctor, el último amigo que me queda – y llenando de nuevo la copa exclamo – al diablo con él y con todos he vivido solo y solo moriré-

Bebió violentamente y lanzó la copa de cristal al ardiente fuego de la chimenea. Cogió otra copa  y fue bebiendo, trago tras trago su dolor, disfrazado de un excelente brandy.

Parecía que hubiera bebido por un par de días con breves descansos para dormir, con ese sentimiento en la nuca mucho más atenuado pero todavía ahí y las maldiciones acompañadas de largos sorbos de ese interminable brandy.

Como sombras de fantasmas aparecían los recuerdos en la habitación, en el lugar justo en que cada una ocupaba en un pasado no tan distante. Héctor vestido con una leva negra a rayas blancas y el pantalón de mismo diseño y del mejor material,  sentado en uno de los sillones de madera con forro rojo que se encontraban en el centro de la habitación; inquieto y nervioso como era costumbre los últimos meses, en los que las deudas eran parte importante de sus conversaciones. Y cada vez que tocaba el tema, Gregorio evitaba la conversación, pero hoy fue inevitable, Héctor imploró que lo recibiera y así lo hizo Gregorio; a las 6:45 p.m.; pero con apuro ya que se disponía a tomar el baño de las 7 y no podía ser ni un minuto después.

Cuando Gregorio entró con su bata blanca de baño, Héctor inmediatamente y sin vacilación abordo vociferando a viva voz.

-Te tengo el negocio del siglo, me… nos forraremos en plata y nunca, nunca más pasaremos penurias- esto último le pareció que lo decía más por sí mismo, que por alguien más, ya que las acciones de las compañías de padres de Gregorio le daba para vivir.

El hombre con su bata blanca de baño dijo -no estoy interesado, ya que tengo lo suficiente, además tengo que bañarme y se me hace tarde- le comente en tono un poco crispado.

Héctor sin más preámbulos soltó su último recurso; -préstame entonces los recursos y te prometo que te los devolveré con intereses, pero ese negocio no puedo perderlo- insistió con una cara de desquiciado, que no hizo más que turbar a su amigo, ya que el reloj de la biblioteca le indicaba que faltaban 8 minutos para su baño.

Su rostro de pronto se proyectó fantasmagórico y con una jadeante voz dijo -yo lo he dejado todo por ti, mis amistades, mis contactos, y hasta mis inversiones más lucrativas por cumplir tus caprichos, ahora que estoy en mala situación y necesito el dinero para levantar unos negocios no me lo pretendes prestar- su rostro se comenzó a transfigurar. -Cómo te atreves a llamarte amigo-, término diciendo estas palabras con sus ojos desorbitados de la rabia.

Gregorio con una voz más apurada que agresiva; le respondió -lo que pasa es que tu amistad no es por dinero y si te lo presto todo cambiará y tal vez nuestra amistad se deteriore; deja pasar un tiempo y verás que te va mejor-, y esbozó en su rostro una clara sonrisa fingida.

Héctor con voz colérica y casi como un desquiciado, con sus ojos fuera de sus órbitas y su ropa desaliñada vociferó su sentencia.

 –Sí me daré todo el tiempo del mundo y jamás, óyelo bien ¡jamás volveré puesto que por ti casi lo he perdido todo y tú no me quieres ayudar!

A lo que Gregorio respondió -¡ahí está la puerta de salida!- señalando la puerta doble con un dintel con la estatua de atenea y Niké en la mano de esta.

–Sale y no regreses si no lo deseas-; gritó Gregorio un poco fuera de sí y algo molesto.

 Héctor salió como un toro y alzó la mirada como envidioso a la estatua de Atenea, porque él quisiera tener a la victoria entre sus manos, como la diosa y  luego azotó la puerta mientras salía. De repente, las sombras de ese pasado reciente se esfuman y volvió al tiempo actual.

Su soledad se aceleraba con cada segundo que pasaba y ese sentimiento de necesidad de comunicarse que nunca antes había existido en él, afloró de pronto con toda la fuerza de una inundación.

-¡Nunca he necesitado a nadie porque ahora este sentimiento de soledad!- y tocándose la nuca sintió esa extraña sensación, la cual rápidamente conectó con su naciente necesidad. –Me sobrepondré como siempre- dijo en un tono algo altanero y arrogante.

De repente sin saber cómo cayó en un sueño fugaz en donde se veía tendido en el piso de la gran habitación que era su estudio, su ser completamente desnudo estaba como tirado como un niño exhausto de nadar todo el día en el río. Y rodeado por un prominente charco de sangre.

La policía investigando todo para ver qué había pasado; buscando algún indicio, y la estatua de atenea parada en el dintel pero ya no estaba la victoria en su mano había desaparecido. Luego una luz cegadora hizo cerrar los ojos a Gregorio.

Lentamente al abrirlos vi una explanada verde que era la base de una pequeña loma, era un lugar diferente, también vio en lo alto de este montículo un grupo de hombres rodeando un objeto.

Mientras caminaba hacia el encuentro con ellos vio en el piso recuadros de mármol con nombre, fechas, fotos e imágenes religiosas.  Un golpe en el pecho que venía desde adentro casi lo tira al suelo, fue la revelación tan perturbadora,

-Es un cementerio y posiblemente en la cumbre esté mi tumba-; dijo en sus pensamientos mientras aceleraba el paso y se dirigía a la tumba.

Mas al acercarse no reconoció a nadie y se extrañó –Tal vez son los de los de la funeraria que en un acto de misericordia acudieron pues asumieron que nadie vendría a mi funeral- se dijo para sus adentros y le dolió en el alma que su único amigo, Héctor no estuviera en ese grupo de hombres. Si bien su pelea fue grande, en la muerte todo se olvida.

De repente vio a una mujer llorando desconsoladamente. Al acercarse  la reconoció, era la enamorada de Héctor; tal vez él estuviera por aquí después de todo.  Pero ella se acercó a la tumba mientras los hombres acusaban a Héctor de asesino y deudor.

La seguridad de que era su tumba se esfumó;  creyó que en la tumba tal vez era el nombre de Héctor y no el suyo el que estaba inscrito. Sintió culpa, culpa por no haberle prestado ayuda. De haberlo hecho Héctor no hubiera  cometido la locura de que lo acusan. Todos voltearon y dijeron -ese es a quien intentó asesinar- voltearon a ver a Gregorio parado en la tumba.

Un gran susto lo despertó, a su lado en el otro mueble extrañamente estaba Héctor dormido. Al despertar este grito pues no sabía cómo había llegado donde Gregorio, se miraron un largo rato.

Héctor era el más asustado, pues era como si al ver a Gregorio estuviera viendo un fantasma; súbitamente apareció por la puerta del dormitorio una imagen que turbó a los dos.

El capitán Modesto, su abuelo se acercó y los saludo; ahora Héctor y Gregorio no eran los mismos, eran apenas unos niños de no más de 10 años y su temor, se transformó en una avidez por escuchar una de las tantas historias que sabía el capitán, y que tanto les gustaba oír.

-Hace mucho tiempo en el lejano oriente- comenzó el relato el abuelo con una voz ceremonial.

-Existía un sultán muy especial su nombre era Malik Al Raslan era un sultán muy excéntrico y el pueblo le obedecía, pero no confiaban en él; planeaban un complot para matarlo; pero como hacerlo si nadie podía estar frente a su presencia.

Nadie excepto su único amigo Salín Pakar, un hombre leal, pero con un problema de apuestas. Sus grandes deudas lo condenaban a una vida de constantes agitaciones. El siempre trato de mantener alejado al sultán de sus problemas, aunque su amistad con el sultán ocasiono que ya nadie le prestara dinero, pues nadie quería al sultán ni a sus amigos. Al final tuvo que acudir al sultán como su única esperanza, pero este solo le respondió con una sarta de excusas y lo despidió.

Salín se marchó pero antes dijo, con una voz más resignada que furibunda,  que esa sería la última vez que lo vería. Quizás presentía que a la salida del castillo lo esperaban dos matones con sus filosas espadas. Así al llegar a dicho lugar los matones le propusieron que matara al sultán y sus deudas serian perdonadas o se rehusaba y las pagaba con su vida. este acepto el trato y los matones le dieron un dardo envenenado y el antídoto por si sucedía algún accidente.

Salín entro al castillo y sin ser visto entro a la habitación de Malik y al verlo de espaldas lanzo su dardo-

El capitán hizo un gran silencio y los niños se acercaron borde del asiento esperando a que el capitán continuara con su relato, y así fue; el capitán continuó con su relato después de esa pausa, útil estrategia para causar expectativa.

-El dardo se clavó directo en el cuello y Malik cayó al suelo de inmediato, ya que era un potente veneno. Salín salió corriendo, pero sintió que dejo su honor tirado junto con su amigo. Súbitamente se detuvo al ver como una pequeña figura daba tumbos en medio de una calle; el ser estaba a punto de ser aplastado por una caravana.

Entonces Salín saltó al medio de la calle y empujó al pequeño ser, alejándolo de la caravana; que termino por aplastarlo, dejándolo casi muerto- se hizo un silencia sepulcral en aquella biblioteca, los niños se miraba y miraban al abuelo, buscando indicios de como continuaba la historia.

Entonces el capitán continuó con el relato con una voz un poco misteriosa; -se encontró en la habitación de Malik y el pequeño ser se reveló como un Jinn de fuego; un hermoso ser que parecía un niño y en gratitud le concedió un deseo el que le pidiera.

Sin pensar Salín pidió salvar a Malik, pero el jinn que es una criatura reblada y traviesa, conocida por no seguir las reglas; quería salvar también a su salvador he hizo que Malik escuchara todo lo que Salín había hecho y lo arrepentido que se encontraba, con la esperanza de conmoverlo y que este le prestara no solo dinero; sino el apoyo que Salin necesitaba para dejar ese vicio del juego.

El jinn salvo a Salin, este salió corriendo al dormitorio del Sultán y le dio el antídoto; pero este al recuperarse y saber todo lo que había hecho su salvador mandó a decapitarlo. Después de ese incidente volvió terrible con el pueblo, fue un tirano. Las criaturas mágicas condenaron al destierro al jinn por no haber cumplido a cabalidad el deseo pedido; pero más que nada por causar sufrimiento a la gente-

Los niños miraron atónitos al capitán y cuando se disponían a hablar, su abuelo prosiguió con el relato que se pensaba terminado

-El jinn vago por muchos lugares y paso el tiempo, este creció y se divertía bebiendo en bares con los mortales. Su condena fue que seguiría su vida sobrenatural y podría utilizar magia para obtener comida pero no concedería deseos; eso era terrible ya que los jinn más que todo los buenos y hermosos eran felices cumpliendo deseos. Además gozaba al hacer travesuras entre deseo y deseo.

Solo se levantaría la prohibición si el ser mágico podía enmendar su error del pasado; cumpliendo un deseo tal como fue pedido; y solo le estaba permitido cumplir el deseo de alguien que lo salvara de un peligro real.

Un día, un joven marinero salvo a esta traviesa criatura de ser  aplastado por un coche. Fue en eso momento cuando pudo revelar toda su magia y el aventurero solo pidió a cambio un deseo. Que no permitiera que su descendencia desapareciera y que todos tengan parte de su espíritu aventurero-

De repente la voz del capitán cambió,  se volvió sobrenatural con una reverberación como de una cueva.

-¡y aquí estoy para cumplir ese deseo!- grito con esa voz reverberante y su aspecto cambio. Parecía un antigua príncipe árabe, con ropas elegantes y finas. Sus ojos tenían el brillo del fuego y en su cara una sonrisa burlona que desentonaba con su apariencia de príncipe.

-Las viejas mañas no se olvidan… y tampoco las creencias. Creo en la amistad- dijo el jinn con voz un tanto melancólica; - y si Malik no pude ver en Salín el arrepentimiento; tal vez tu si Gregorio.

El mágico ser se volvía de fuego y gritó a viva voz -¡lo he cumplido capitán salvé su descendencia- luego se fue apagándose como una vela no sin antes susurrar- lo he salvado no solo de la muerte sino el sí mismo tal como hiciste conmigo, ahora tendrá ese espíritu de aventura que tanto se negó reconocer en él- y finalmente desapareció; de pronto todo se inundó con una luz cegadora.

Gregorio se despertó en una cama de hospital con la cabeza vendada -¿pero qué sucedió… donde, dónde estoy?- quiso saber Gregorio.

-¡su amigo!- contestó la enfermera –salvó a un niño de morir atropellado lo empujo a un lado de la calle, pero el carro golpeo de lleno a su amigo. Cuando llegó la ambulancia, él pedía a viva voz que vayan a buscar a su amigo. La policía lo hizo y lo encontró tendido en el suelo- contó la enfermera con minuciosidad.

-La policía piensa que fue su amigo Héctor quien lo golpeó, y no saben cómo demostrarlo; pero eso ya no importa- contesto la enfermera.

Gregorio preguntó con desesperación - ¿Qué le paso a Héctor, Donde esta?-

Siguió con un tono más lastimero -¿por favor dígame qué le pasó a mi amigo Héctor?-; pero la enfermera solo lo miró con un tono compasivo y Héctor pensó que el sueño que tuvo no hubiera sido un sueño sino una premonición.

Gregorio llegó al cementerio, vio la pequeña loma que había visto antes en su sueño, era como un dejavú: las lapidas, la subida, los hombres acusando a Héctor y de pronto la novia de Héctor apareció ahí mismo dirigiéndose a una tumba en lo alto de la colina.

Los hombres se voltearon y dijeron -ese es a quien intentó asesinar- y voltearon a ver a Gregorio; este dijo con voz fuerte -¡ya déjenlo en paz, nada es verdad!- y se volteó a recibir a la novia de su único amigo, la cual lloraba sin consuelo. Ella se tiró a los pies de Gregorio y con una voz de súplica le rogaba.

-Por favor di que no fue él; ¡que no fue Héctor  quien trató de matarte!- y derramaba sus lágrimas sobre los pies de Gregorio y pidiendo de nuevo -¡por favor dime que no fue él!- .

Gregorio la recoge del suelo y le contesta con voz suave y tierna, -no fue, tranquila-.

-Pero Héctor se echó la culpa dijo que él nunca se marchó después de la pelea- dijo Elena llorando a lágrima viva; -Que entro al estudio tomo la estatua de Niké y se escondió en tú dormitorio; te espero y cuando entraste te golpeo en la cabeza. Se llevó un dinero de la caja.

En el hospital le dijeron que tú estabas al borde de la muerte y el muy mal herido firmó una confesión contando todo lo que te he dicho y además dijo dónde estaba el dinero que él tomó y  usó unos guantes de cuero para no dejar una sola huella.

-Tranquila Elena – dijo Gregorio con voz serena, - el dinero se lo preste yo; tranquila iré a la policía y limpiare su nombre. Diré que no voy a denunciar este incidente ya que fue un accidente.

Explicaré todo; diré que se me cayó mientras estaba discutiendo con él por el pago del préstamo y tal vez salió corriendo a buscar ayuda. Al ver que estaba al borde de morir se sintió culpable y dijo que fue él-

 –No te preocupes Elena sacaré a Héctor de la cárcel, diré lo que paso y los ayudare en el negocio de Héctor, pero adelántate yo tengo que visitar la tumba de mi abuelo- y de repente le surgió una duda.

-¡Elena! Dime: ¿Quién te dijo que estaba en el cementerio?-

Elena respondió secándose las lágrimas y con una felicidad desbordarte -fue un hombre que llevaba un saco y pantalón negro; una gabardina y un sombrero del mismo color. Parecía árabe, bien parecido pero tenía una sonrisa burlona y unos ojos como el fuego. ¿Qué, no era tu amigo?- pregunto asustada -me dijo que se llamaba Pireo-.

-si tranquila, yo lo conozco- respondió Gregorio, esbozando una sonrisa; para finalmente ir a la tumba de su abuelo.

Estaba parado frente a un tumba donde estaba grabado un timón de barco y una ancla y el nombre de su abuelo; con una lágrima en su mejilla rodando dijo en una voz de susurro –gracias abuelo, y gracias también a tu amigo-.

De repente se oyó como si una columna de fuego saliera del piso y de reojo vio al hombre vestido de negro y le dijo -gracias por todo-.

Él contestó con una voz burlona – primero no tienes que agradecer fue un deseo de tu abuelo, segundo llámame Pireo ese nombre me gusta. Y tercero no te libraras de mi tan fácilmente ¡Me devolviste los poderes y la fe con tu acto! así que te serviré, eres mi amo siempre que me necesites estaré hay- y desapareció tal como había aparecido.

Entró al carro y le dijo a Elena -¿Qué clase de negocio estaba proponiendo Héctor?, nunca lo dijo-.

-Él encontró un mapa de un tesoro y estaba pidiendo fondos para buscarlo –respondió sin convicción en la creencia de su enamorado.

-entonces saquemos a Héctor de la cárcel y busquemos el tesoro- replicó emocionado Gregorio -la aventura nos espera-.



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